Los confinamientos aumentaron los niveles de estrés de alumnos y docentes. Crearon conciencia sobre la fatiga de las videoconferencias (una reacción al estrés de estar «siempre conectados» con la comunicación por vídeo) y aumentaron la visibilidad de los problemas de salud mental a través de la participación de los estudiantes, o la falta de ella, durante el aprendizaje en línea.
Esta mayor conciencia sobre la salud mental (y la neurodiversidad) hizo que hablar de ella fuera más aceptable dentro de las familias, las escuelas y la sociedad en general. La interacción de los alumnos con los consejeros aumentó, no solo debido al aumento del estrés, sino porque ya no se consideraba un tabú.
Es poco probable que este cambio cultural se revierta. Los alumnos y sus familias ahora están más abiertos a hablar sobre la salud mental y, como tal, hay nuevas expectativas sobre las escuelas para desempeñar su rol en los programas de salud mental.